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Maratón de Boston, territorio de libertad y desafío

By Carlos Arribas
No es nada complicado, todo lo contrario, cargar de significados sentimentales cualquier tradición, cualquier costumbre de años, sacudida repentinamente por una bomba, rota para siempre. Es, sobre todo, una forma conveniente y, a veces, artificial de subrayar la vileza, la brutalidad y el dolor, pero en el caso del maratón de Boston lo realmente complicado habría sido no encontrarlos.
Se puede expresar con grandilocuencia, como hizo Amby Burfoot, el ganador hace 45 años y perenne participante a quien las explosiones encontraron cuando se hallaba a 800 metros de la meta y dijo: “Para mí, el maratón no es otra cosa que el hecho de que Estados Unidos es un país de libertad y democracia… Forma parte de nuestra gran tradición democrática”. O se puede decir más sencillamente, con menos sentido patriótico o altisonante, pero el mensaje es el mismo, el maratón como territorio de libertad y orgullo. Y el valor del símbolo se multiplica incluso si en vez de maratón a secas se trata del de Boston, el padre de todos los maratones, el más antiguo del mundo. Se celebra ininterrumpidamente desde 1897 y siempre en el Día del Patriota, el tercer lunes de abril, y siempre con el mismo recorrido de 42,195 kilómetros lineales desde Hopkinton hasta Boylston Street en su confluencia con Copley Square.
Mucho más serio y formal que otros grandes maratones populares de multitudinaria participación como los de Nueva York, en noviembre, cuya última edición no pudo celebrarse por culpa de la tormenta Sandy, o Londres, el próximo domingo, el maratón de Boston, nacido al año siguiente de la invención de la carrera en los Juegos de Atenas, ha debido fijar marcas mínimas para manejar la ingente cola de solicitudes —hay listas de espera de años— y no sobrepasar una cifra máxima de 30.000 participantes.
El maratón es también desafío y reto, y si se habla de Boston, más aún. “El maratón simboliza la superación y la aceptación de desafíos. Esto [por las bombas] no va a frenar a nadie, al contrario, motivará a la gente para perseverar y mostrar que son mejores que eso”, dijo Shalane Flanagan, que es mujer y maratoniana, la mejor de Estados Unidos en estos momentos, poco después de terminar la carrera. Y cuando lo dice, cuando habla de superación, no habla solo de mera superación atlética, de la eterna lucha de la voluntad contra los límites que quiere fijar el organismo con esfuerzo y sacrificio, sino también de la propia lucha de la mujer para conseguir la igualdad. Hablando de Boston no podía ser de otra manera, pues fue en las calles de la tradicionalista y tan católica (irlandesa) capital de Nueva Inglaterra, donde la mujer demostró por primera vez la ridiculez de las teorías fisiológico-masculinas del momento. Estas establecían que el organismo femenino no era capaz de correr en competición más allá de milla y media, un tope de 3.000 metros.
La ruptura, el fin de la discriminación, llegó, inevitable, en los años sesenta, cuando los estudiantes universitarios llevaban flores en el pelo, fumaban marihuana tumbados en la hierba, protestaban contra la guerra de Vietnam y contra todas las leyes opresivas en general, y las mujeres contra todos los límites. Y también algunas por su derecho a correr como los hombres, entre los hombres, como Roberta Bobbi Gibb, quien en 1966 se puso unas bermudas y una sudadera con capucha de su hermano, se escondió en unos arbustos en la salida y sin que nadie se diera cuenta se mezcló con la masa de participantes (entonces unos centenares, todos hombres), una atleta clandestina que terminó la prueba en poco más de tres horas y entre los vítores de todos los jóvenes atletas maravillados. Meses antes, los organizadores de la carrera, un ente tradicional y tradicionalista, casi de aires aristocráticos, había rechazado su solicitud de inscripción señalándole que las mujeres no eran fisiológicamente capaces de correr esa distancia (se lo decían a ella, que durante dos años hizo entrenamientos de 40 kilómetros diarios) y que la federación de atletismo les prohibía intentarlo.
Al año siguiente, en vez de una mujer participaron y terminaron dos mujeres el maratón de Boston. Bobbi Gibb volvió a hacerlo clandestina, sin dorsal, pero Katherine Switzer intentó otra estrategia. En su solicitud de inscripción no especificó ni su sexo ni su nombre, solo sus iniciales K. V. Switzer. Le asignaron el dorsal 261 y orgullosa empezó a correr rodeada de un grupo de amigos. Cuando Jock Semple, el director de la carrera, la vio desde el autobús en el que supervisaba la prueba, se bajó e intentó echarla a empujones ante el delirio de los fotógrafos de prensa y la furia del novio de Switzer, quien con fuerza se lanzó contra Semple y lo tiró al suelo. Su chica terminó. “Aquel día cambió mi vida”, dijo Switzer, activista feminista desde entonces, “y también la del maratón”. Cinco años después, en 1972, Boston admitió su derrota y oficialmente a las mujeres. Y en 1984 el maratón femenino entró a formar parte de los Juegos Olímpicos.
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Maratón de Boston, territorio de libertad y desafío

By Carlos Arribas

No es nada complicado, todo lo contrario, cargar de significados sentimentales cualquier tradición, cualquier costumbre de años, sacudida repentinamente por una bomba, rota para siempre. Es, sobre todo, una forma conveniente y, a veces, artificial de subrayar la vileza, la brutalidad y el dolor, pero en el caso del maratón de Boston lo realmente complicado habría sido no encontrarlos.

Se puede expresar con grandilocuencia, como hizo Amby Burfoot, el ganador hace 45 años y perenne participante a quien las explosiones encontraron cuando se hallaba a 800 metros de la meta y dijo: “Para mí, el maratón no es otra cosa que el hecho de que Estados Unidos es un país de libertad y democracia… Forma parte de nuestra gran tradición democrática”. O se puede decir más sencillamente, con menos sentido patriótico o altisonante, pero el mensaje es el mismo, el maratón como territorio de libertad y orgullo. Y el valor del símbolo se multiplica incluso si en vez de maratón a secas se trata del de Boston, el padre de todos los maratones, el más antiguo del mundo. Se celebra ininterrumpidamente desde 1897 y siempre en el Día del Patriota, el tercer lunes de abril, y siempre con el mismo recorrido de 42,195 kilómetros lineales desde Hopkinton hasta Boylston Street en su confluencia con Copley Square.

Mucho más serio y formal que otros grandes maratones populares de multitudinaria participación como los de Nueva York, en noviembre, cuya última edición no pudo celebrarse por culpa de la tormenta Sandy, o Londres, el próximo domingo, el maratón de Boston, nacido al año siguiente de la invención de la carrera en los Juegos de Atenas, ha debido fijar marcas mínimas para manejar la ingente cola de solicitudes —hay listas de espera de años— y no sobrepasar una cifra máxima de 30.000 participantes.

El maratón es también desafío y reto, y si se habla de Boston, más aún. “El maratón simboliza la superación y la aceptación de desafíos. Esto [por las bombas] no va a frenar a nadie, al contrario, motivará a la gente para perseverar y mostrar que son mejores que eso”, dijo Shalane Flanagan, que es mujer y maratoniana, la mejor de Estados Unidos en estos momentos, poco después de terminar la carrera. Y cuando lo dice, cuando habla de superación, no habla solo de mera superación atlética, de la eterna lucha de la voluntad contra los límites que quiere fijar el organismo con esfuerzo y sacrificio, sino también de la propia lucha de la mujer para conseguir la igualdad. Hablando de Boston no podía ser de otra manera, pues fue en las calles de la tradicionalista y tan católica (irlandesa) capital de Nueva Inglaterra, donde la mujer demostró por primera vez la ridiculez de las teorías fisiológico-masculinas del momento. Estas establecían que el organismo femenino no era capaz de correr en competición más allá de milla y media, un tope de 3.000 metros.

La ruptura, el fin de la discriminación, llegó, inevitable, en los años sesenta, cuando los estudiantes universitarios llevaban flores en el pelo, fumaban marihuana tumbados en la hierba, protestaban contra la guerra de Vietnam y contra todas las leyes opresivas en general, y las mujeres contra todos los límites. Y también algunas por su derecho a correr como los hombres, entre los hombres, como Roberta Bobbi Gibb, quien en 1966 se puso unas bermudas y una sudadera con capucha de su hermano, se escondió en unos arbustos en la salida y sin que nadie se diera cuenta se mezcló con la masa de participantes (entonces unos centenares, todos hombres), una atleta clandestina que terminó la prueba en poco más de tres horas y entre los vítores de todos los jóvenes atletas maravillados. Meses antes, los organizadores de la carrera, un ente tradicional y tradicionalista, casi de aires aristocráticos, había rechazado su solicitud de inscripción señalándole que las mujeres no eran fisiológicamente capaces de correr esa distancia (se lo decían a ella, que durante dos años hizo entrenamientos de 40 kilómetros diarios) y que la federación de atletismo les prohibía intentarlo.

Al año siguiente, en vez de una mujer participaron y terminaron dos mujeres el maratón de Boston. Bobbi Gibb volvió a hacerlo clandestina, sin dorsal, pero Katherine Switzer intentó otra estrategia. En su solicitud de inscripción no especificó ni su sexo ni su nombre, solo sus iniciales K. V. Switzer. Le asignaron el dorsal 261 y orgullosa empezó a correr rodeada de un grupo de amigos. Cuando Jock Semple, el director de la carrera, la vio desde el autobús en el que supervisaba la prueba, se bajó e intentó echarla a empujones ante el delirio de los fotógrafos de prensa y la furia del novio de Switzer, quien con fuerza se lanzó contra Semple y lo tiró al suelo. Su chica terminó. “Aquel día cambió mi vida”, dijo Switzer, activista feminista desde entonces, “y también la del maratón”. Cinco años después, en 1972, Boston admitió su derrota y oficialmente a las mujeres. Y en 1984 el maratón femenino entró a formar parte de los Juegos Olímpicos.

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¿Messi? Antes Xavi

Por Luis Martín

Salió Xavi, el primero. Y detrás de él, el Barça: seis campeones del mundo y el número uno. Ahí iba Xavi, el partido en la cabeza desde que regresaron de Milán, mil veces reconocidos los detalles que se necesitaban en el Camp Nou. Y así le fue a él y le fue a los que le siguieron camino de la remontada que reclamó para este Barcelona inolvidable. Detrás de Xavi, en fila, comparecieron Valdés, de rojo, en su partido número 100 en la Copa de Europa, Piqué, Busquets, Pedro, Iniesta, Alba, Mascherano, Villa, Alves y Messi. Iban 30 segundos, la recuperó el Barcelona y Mascherano la tocó para Piqué, que se la dio a Xavi por vez primera en el partido.

A partir de ahí fluyó el Barcelona al chasquido de los dedos del capitán, el dueño del balón, que empezó a jugar el partido el lunes, cuando se fue a honrar a Busquets con Messi, la noche que el deporte catalán escogió al de Badía como el mejor del año, y lo cerró ayer, con un pase genial para el tercer gol de su amigo Villa. Solo Xavi sabe de la paciencia que ha tenido El Guaje este año, así que la asistencia que le dio suena a merecido regalo, para la remontada que Xavi necesitaba, la cuadratura del círculo. “Durante la semana, nos hemos repetido que no podíamos irnos de esta manera de la Champions. Nos ha hecho ver que si recuperábamos nuestro nivel, lo conseguiríamos”, explicó Alves.

De Xavi nació el primer gol de Messi —una pared en la frontal—, el primero de La Pulga contra un equipo italiano en jugada. Después del segundo de Messi, el número 58 en la Champions —solo le supera Raúl, que llegó a los 71— no buscó los abrazos, sino que se fue a por Mascherano. Ajeno a la fiesta, el rosarino se relamía todavía una herida que pudo ser aún más dolorosa. Habían pasado solo unos segundos desde que Niang rematara al palo tras un error suyo y Xavi se fue a por El Jefecito olvidándose de la montaña de abrazos cerca de la portería de Abbiati, en el gol norte. Se giró y miró al sur, en la búsqueda del compañero compungido por un error que pudo costarle la eliminación al Barcelona. Xavi sabía que Mascherano le necesitaba más que Leo y a por él se fue, ejerciendo de capitán, dando sentido al equipo.

El radar del número 6 vio también las diagonales de Pedro, como intuyó los apoyos a Busquets, y demostró otra vez que no hay excusas, que si no hay línea de pase, se inventa. Tuvo por delante la movilidad de Messi, la paciencia de Villa en su incansable trabajo para fijar a los centrales, los desmarques de Iniesta y encontró siempre al de Fuentealbilla y a Busquets. Todo ello en la noche en que igualaba a Iker Casillas como el tercer jugador con más partidos en la Liga de Campeones (127), solo por detrás de Raúl (142) y de Ryan Giggs (134).

No necesitaba Xavi más que la pelota para jugar y hacer jugar. En torno a su toque se reunió el Barcelona. En el enésimo ejercicio de imaginación, Xavi encontró líneas de pase donde solo había piernas. A veces ganó metros a base de control; otras, sin siquiera tocar el balón. Por suerte para el Barcelona, reapareció la pelopina, esa invención del de Terrasa de la que saca petróleo simplemente dejando correr el balón para seguirlo con un golpe de cintura. Y cuando eso pasa, el Barça juega bien, justo lo que requería para superar los dos goles de ventaja con los que compareció el Milan.

Y con la misma cadencia que tocó, trotó para tapar, para salir al encuentro de quien fuera menester. Donde no le alcanzaron las fuerzas, tiró de oficio justo cuando más apretó el Milan en busca del gol que le metiera en cuartos. Y así, detrás de él, corrieron todos a abrazarse a Jordi Alba como un equipo. “No recuerdo un partido tan intenso. Hemos disfrutado, ha sido histórico. Debe servirnos de ejemplo para competir en el futuro. Hemos jugado bien por las bandas, hemos presionado más arriba, hemos tenido una pizca de suerte. Todo ha salido perfecto”, se congratuló el de Terrassa. Lo había anticipado, había manifestado que a la maravillosa escuadra que tantos títulos ha conquistado en los últimos cuatro años y medio le faltaba una gran remontada. La consiguió en el momento más oportuno, cuando más lo necesitaba. Él sabía el camino.

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Swim by Caribou

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Jorge Macchi 
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Jorge Macchi 

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Benedicto XVI, la mafia y el Vaticano
Por Pablo Ordaz
Roma, Italia
Vencido por la edad y la salud, pero sobre todo por el Vaticano,Benedicto XVI volverá a ser Joseph Ratzinger. En una decisión histórica, cuyos precedentes hay que buscarlos siete siglos atrás, el Papa alemán anunció este lunes su renuncia al pontificado, que quedará vacante a partir del 28 de febrero. “Para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio”, dijo en latín, por sorpresa, durante una ceremonia de canonización en la Santa Sede, “es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Uno de los presentes, Angelo Sodano, decano del colegio cardenalicio, resumió en una frase la congoja que se abatió sobre Roma: “Santidad, amado y venerado sucesor de Pedro, su mensaje ha caído entre nosotros como un rayo en cielo sereno”. La expresión, queriendo ser hermosa, no se ajusta a la realidad. El papado de Benedicto XVI ha estado caracterizado por las luchas internas del Vaticano para contrarrestar sus intentos —no por tardíos menos tajantes— de limpiar la Iglesia de clérigos pederastas y banqueros corruptos. La filtración masiva de sus documentos privados es un ejemplo. Y otro, muy revelador, la manera de despedirse. Ratzinger, de 85 años, se marcha como vivió, solo. Decidió proteger su secreto hasta el último día, temiendo quizá que se lo robaran.
Hace un año, cuando las filtraciones de los documentos privados de Benedicto XVI sacaban a la luz un día sí y otro también las miserias de los hombres de Dios, alguien recordó que, en 2010, con motivo de una larga entrevista concedida al periodista alemán Peter Seewald para el libro La luz del mundo, Joseph Ratzinger advirtió: “Cuando un Papa alcanza la clara conciencia de que ya no es física, mental y espiritualmente capaz de llevar a cabo su encargo, entonces tiene en algunas circunstancias el derecho, y hasta el deber, de dimitir”. En el verano de 2012, con la detención de Paolo Gabriele, su mayordomo, acusado ser el autor material de la sustracción de la correspondencia papal, Benedicto XVI sufrió otro duro revés, que se venía a unir, en el intervalo de unas horas, al despido fulminante de Ettore Gotti Tedeschi, el presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR). Si Gabriele —el hasta entonces fiel Paoletto— era quien desde hacía seis años lo ayudaba a vestirse y a desvestirse, le servía el desayuno y lo acompañaba en sus desplazamientos, el banquero Tedeschi —eliminado sin derecho a réplica ni honor por altos miembros de la Curia— era la persona elegida personalmente por Ratzinger para intentar limpiar la banca del Vaticano. Aquel verano, Ratzinger se fue a Castel Gandolfo más solo de lo que jamás estuvo ningún Papa. El representante de Dios en la tierra era en realidad un hombre anciano y enfermo, “un pastor rodeado por lobos”, en expresión de L’Osservatore Romano.
La sala de prensa del Vaticano está a rebosar. El portavoz, el jesuita Federico Lombardi, contesta con paciencia, de buen grado, todas las preguntas de los corresponsales, y admite sin rubor: “Nos ha pillado a todos por sorpresa”. Las palabras de Papa han sido rotundas: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio”. Pero a nadie se le escapa que, además de la edad y de su delicado estado de salud —en 1991 sufrió un ictus, tiene problemas de hipertensión y artrosis en una rodilla—, una decisión tan trascendental tiene que estar influida por condicionantes más poderosos. Su incapacidad, por ejemplo, para inocular en el seno de la Iglesia la lucha sin cuartel contra la pederastia después de décadas protegiendo a los culpables y culpabilizando a las víctimas. Si bien durante el pontificado de Juan Pablo II, el cardenal Ratzinger —por entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio— fue uno de sus más cercanos colaboradores, tras ser elegido Papa imprimió un giró copernicano en la manera de abordar el problema. Quitó la protección al mexicano Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, aquel monstruo que robaba a manos llenas y abusaba incluso de sus propios hijos. Hace un año, además, Ratzinger organizó en Roma un simposio para que 110 conferencias episcopales de todo el mundo miraran a la cara a las víctimas de los abusos. El encuentro fue inaugurado por el testimonio de Marie Collins, una mujer irlandesa que padeció de niña –sola y enferma en un hospital—los abusos de un sacerdote. ¿Ha minado la fortaleza del Papa la oposición frontal de algunos prelados al acto de pública contrición de la Iglesia?
El padre Lombardi dice que no. Que aunque Benedicto XVI aceptó ante el periodista alemán la viabilidad de una renuncia, también dejó claro entonces que “un pastor nunca huye de los lobos y deja el rebaño solo”. Que si ha renunciado ahora es porque las aguas de la Iglesia están lo suficientemente tranquilas para permitir una transición en paz. Según Lombardi, el Papa hizo su anuncio ante los cardenales “con precisión y claridad”, imprimiendo al momento la solemnidad que requería, pero que no lo notó “triste ni deprimido”. En su breve alocución, Joseph Ratzinger dejó claramente fijado el momento de su adiós: “Con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice”. Luego, el todavía Benedicto XVI pidió perdón: “Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos”. Según su hermano Georg, también clérigo, Ratzinger tenía previsto dimitir desde hace meses, versión que también avala L’Osservatore Romano, que sitúa la decisión tras el viaje que giró el pasado mes de marzo a Cuba y México.
Tras su renuncia, Ratzinger se trasladará a la residencia de Castel Gandolfo —a 18 kilómetros al sureste de Roma— hasta que sea elegido su sucesor y se terminen las obras de rehabilitación de un convento de monjas en el interior de la Ciudad del Vaticano. Ahí es donde, según Lombardi, residirá el hasta ahora Papa dedicado al estudio, la oración y, tal vez, la escritura. El portavoz del Vaticano descartó la posibilidad de que Ratzinger pueda interferir en la labor del nuevo pontífice. El cónclave se celebrará a lo largo del mes de marzo, y son 110 los cardenales con posibilidad ser elegidos —el resto, hasta 209, tienen más de 80 años y por tanto no pueden aspirar ya a la silla de Pedro—. Y, aun en medio de la sorpresa, ya circulan las primeras quinielas, destinadas posiblemente a no cumplirse. Los que más suenan son el italiano Scola, el canadiense Ouellet y el austriaco Schoenborn.
Una de las cuestiones que más animará el debate durante los próximos días —después de la lógica sorpresa, Roma volvió a ser enseguida el mentidero ideal de intrigas y conspiraciones— es si al balcón de la plaza de San Pedro volverá a asomarse, bajo la fumata blanca, un papa italiano. De hecho, no son pocos los que atribuyen parte del motivo de la fuga de documentos —el llamado caso Vatileaks— a luchas muy italianas de poder con el objetivo de ganar terreno ante el próximo cónclave. La silla pontificia lleva siendo ocupada por un extranjero desde 1978. A un Papa polaco (Juan Pablo II, desde 1978 a 2005) lo sucedió el papa alemán y, a cada año que pasa, la muy católica Italia pierde poder, aunque todavía mantiene el predominio (30 purpurados) frente a estadounidenses (11) y alemanes (6).
“De la cruz no se baja”, dijo ayer el cardenal Stanislaw Dziwisz, actual arzobispo de Cracovia y antiguo secretario de Karol Wojtyla. Es tal vez —y por el momento—la crítica más clara a la renuncia de Benedicto XVI. De hecho, en el Vaticano no se descarta que la decisión de Ratzinger haya estado influida por la memoria de los últimos años de Juan Pablo II. “El papa, que se siente anciano y enfermo, ha querido evitar a toda costa la retransmisión en directo de su agonía, tal como sucedió con Wojtyla”, confía un diplomático vaticano. El papa polaco y el alemán no se parecen en nada. Tampoco en su final. Aquel murió en loor de multitud y de santidad, este se retira por la puerta de atrás, después de perdonar al mayordomo que lo traicionó y de elevar a la dignidad de obispo al único hombre que durante los últimos años permaneció fiel a su lado, monseñor George Gänswein. El famoso padre George fue para Benedicto XVI el pararrayos de todas las traiciones. Él, que protegió al Papa de las luchas de poder de la Curia, puede dar fe de que durante los últimos años el Vaticano no fue un cielo sereno. Ni siquiera un cielo.
Se trata de un auténtico ajuste de cuentas. Hace nueve meses —el 24 de mayo de 2012— fue el cardenal Bertone, de 78 años, quien se la jugó al Papa con la destitución del anterior presidente del IOR, el banquero Ettore Gotti Tedeschi. La caza de Gotti Tedeschi, amigo personal de Ratzinger, por parte de Bertone incluyó algunos episodios que reflejan muy bien la crueldad de las guerras vaticanas. El banquero, de 67 años, padre de cinco hijos, representante del Grupo Santander en Italia y miembro del Opus Dei, había llegado a la cumbre del IOR en septiembre de 2009 con el encargo de situar al banco en disposición de cumplir la normativa europea sobre blanqueo de capitales. Gotti Tedeschi se lo tomó tan en serio que empezó a colaborar con las autoridades italianas ante la sospecha de que el IOR seguía siendo una inmensa lavadora de dinero negro.
Fue su primer error. El segundo fue oponerse a los deseos de Bertone de utilizar el dinero vaticano para salvar de la quiebra el Hospital San Raffaele de Milán, fundado por el cura y médico Luigi Verzè, gran amigo de Silvio Berlusconi y de su turbia maquinaria de poder —el Vaticano apoya ahora a Mario Monti, pero durante el berlusconismo vivió años muy prósperos y felices—. El caso es que Gotti Tedeschi jugó con fuego y se quemó. La pira la preparó personalmente un misterioso personaje llamado Marco Simeon, de 33 años, dueño de una fulgurante carrera gracias a la protección, no menos misteriosa, del cardenal Tarcisio Bertone. Simeon ya aparece relacionado con negocios turbios en el informe —posteriormente filtrado entre los papales del escándaloVatileaks— que hace llegar monseñor Carlo María Viganò a Joseph Ratzinger advirtiéndole de la corrupción creciente que golpea al Vaticano. En aquella misiva, Viganò le pedía al Papa que lo mantuviese al frente del Governatorato —el departamento que se encarga de licitaciones y abastecimientos— para frenar las prácticas ilegales, pero Bertone decidió mandarlo a Estados Unidos y Ratzinger, que dicen que lloró con aquella decisión, no fue capaz de contradecir a su secretario de Estado. Ante la posibilidad de que Gotti Tedeschi abriera a los investigadores la caja fuerte del IOR —verdadero sanctasantórum de los secretos de Italia y el Vaticano—, Marco Simeon, que ya lucía como director de la RAI Vaticano, pidió a un psicólogo que redactara un informe sobre “el comportamiento extraño” del presidente del banco. El psicólogo ni siquiera habló con Gotti Tedeschi, solo lo observó de lejos en la Navidad de 2011, pero eso fue suficiente para hacer correr entre la Curia el bulo de que el banquero había perdido el oremus y que podía meter a la Iglesia –y a Italia— en un lío si decidía revelar los nombres que se esconden tras las cuentas cifradas del banco del Vaticano.
La operación de acoso y derribo contra el anterior presidente del IOR se saldó con su despido fulminante el pasado 24 mayo, al socaire de la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa, acusado de difundir los documentos secretos. Según la prensa italiana, Gotti Tedeschi culparía de su desgracia a una conspiración de la logia masónica Propaganda 4 o P4, de la que formaría parte Marco Simeon. Al ser preguntado por el asunto, el protegido del cardenal Bertone se limitó a decir: “No formo parte de la P4, pero la masonería es un elemento fundamental del poder en Italia”. También es dueño de una frase que resume muy bien el tablao sobre el que baila la historia en esta parte del Tíber: “ El secreto es poder y el Vaticano enseña que quien sabe no habla, y quien habla no sabe. Yo nunca digo demasiado”.
No deja de ser significativo que la operación del Papa por situar al frente del banco al barón Von Freyberg haya coincidido con la caída en desgracia del joven protegido de Bertone, descabalgado de la dirección de RAI Vaticano. Lo más llamativo de la venganza de Joseph Ratzinger —los fieles se harán cruces con la expresión, pero cómo llamarla si no— es que ha sido ejecutada en el tiempo de descuento y a la vista de todos. No es extraño que las palabras vayan por un lado y los hechos por otro, pero la operación por retomar el control del dinero de la Iglesia demasiado evidente. Aunque se haya presentado bajo un disfraz perfecto —o casi perfecto— de transparencia. Para sustituir a Gotti Tedeschi, el Vaticano contrató los servicios de una conocida agencia de cazatalentos, Spencer & Stuart, de Frankfurt. La primera selección fue de 40 candidatos, luego quedaron seis y finalmente, tres. Sobre estos tres pugnaron durante los últimos días las distintas familias vaticanas, e incluso durante la semana se dijo que el financiero belga Bernard De Corte —al parecer el candidato de Bertone— había sido el elegido. El viernes finalmente salió a la luz que no, que fue el agraciado había sido el barón Von Freyber.
Siempre habrá maliciosos que piensen que el hecho de que el barón sea alemán, como Benedicto XVI, o caballero de la poderosa Orden de Malta, fundada en 1048 y cuya sede está en Roma, haya podido jugar de forma determinante, por encima incluso de su reconocida solvencia profesional —es abogado y dirige unos astilleros que entre sus quehaceres fabrican fragatas de guerra para Alemania—, de su manejo de cuatro idiomas o de su dedicación a las obras de caridad. También habrá quien crea que el Papa, después de haber contemplado durante casi ocho años la impúdica conexión del Vaticano con los peores exponentes de la política italiana, haya querido evitar a toda costa que sea un hombre a las órdenes del cardenal Bertone el que maneje oscuramente los dineros de la Iglesia. Siempre habrá quien sospeche que Joseph Ratzinger, en su retirada, podría haber tenido un gesto más espiritual que empeñar su último aliento como Papa en recuperar las llaves del dinero.
Debajo de su llamativo uniforme con bandas azules y amarillas, el centenar de guardias suizos que protege al Papa —ninguno menor de 19 años ni mayor de 30— esconde una pistola semiautomática Sig-Sauer de doble acción y un adiestramiento muy severo en artes marciales. Debajo de su piadoso nombre, Instituto para las Obras de Religión, el banco del Vaticano esconde un tormentoso pasado de crímenes y conexiones con la Mafia y un presente no mucho más limpio de blanqueo de capitales. Debajo, en fin, de las bellas palabras que el secretario de Estado, monseñor Tarcisio Bertone, dirigió a Benedicto XVIdurante la celebración del Miércoles de Ceniza se esconde una vieja guerra de poder llevada hasta el límite mismo de la renuncia. El nombramiento in extremis del barón Ernst Von Freyberg, caballero de la poderosa Orden de Malta y constructor de buques de guerra, como nuevo presidente del banco del Vaticano supone sin lugar a dudas el capítulo final de esa guerra. En el sagrado reino de los símbolos y la diplomacia, resulta revelador que la última decisión de Ratzinger como Papa haya sido quitarle la llave del dinero a su fraternal enemigo Bertone.
Se trata de un auténtico ajuste de cuentas. Hace nueve meses —el 24 de mayo de 2011— fue el cardenal Bertone, de 78 años, quien se la jugó al Papa con la destitución del anterior presidente del IOR, el banquero Ettore Gotti Tedeschi. La caza de Gotti Tedeschi, amigo personal de Ratzinger, por parte de Bertone incluyó algunos episodios que reflejan muy bien la crueldad de las guerras vaticanas. El banquero, de 67 años, padre de cinco hijos, representante del Grupo Santander en Italia y miembro del Opus Dei, había llegado a la cumbre del IOR en septiembre de 2009 con el encargo de situar al banco en disposición de cumplir la normativa europea sobre blanqueo de capitales. Gotti Tedeschi se lo tomó tan en serio que empezó a colaborar con las autoridades italianas ante la sospecha de que el IOR seguía siendo una inmensa lavadora de dinero negro.
Fue su primer error. El segundo fue oponerse a los deseos de Bertone de utilizar el dinero vaticano para salvar de la quiebra el Hospital San Raffaele de Milán, fundado por el cura y médico Luigi Verzè, gran amigo de Silvio Berlusconi y de su turbia maquinaria de poder —el Vaticano apoya ahora a Mario Monti, pero durante el berlusconismo vivió años muy prósperos y felices—. El caso es que Gotti Tedeschi jugó con fuego y se quemó. La pira la preparó personalmente un misterioso personaje llamado Marco Simeon, de 33 años, dueño de una fulgurante carrera gracias a la protección, no menos misteriosa, del cardenal Tarcisio Bertone. Simeon ya aparece relacionado con negocios turbios en el informe —posteriormente filtrado entre los papales del escándaloVatileaks— que hace llegar monseñor Carlo María Viganò a Joseph Ratzinger advirtiéndole de la corrupción creciente que golpea al Vaticano. En aquella misiva, Viganò le pedía al Papa que lo mantuviese al frente del Governatorato —el departamento que se encarga de licitaciones y abastecimientos— para frenar las prácticas ilegales, pero Bertone decidió mandarlo a Estados Unidos y Ratzinger, que dicen que lloró con aquella decisión, no fue capaz de contradecir a su secretario de Estado. Ante la posibilidad de que Gotti Tedeschi abriera a los investigadores la caja fuerte del IOR —verdadero sanctasantórum de los secretos de Italia y el Vaticano—, Marco Simeon, que ya lucía como director de la RAI Vaticano, pidió a un psicólogo que redactara un informe sobre “el comportamiento extraño” del presidente del banco. El psicólogo ni siquiera habló con Gotti Tedeschi, solo lo observó de lejos en la Navidad de 2011, pero eso fue suficiente para hacer correr entre la Curia el bulo de que el banquero había perdido el oremus y que podía meter a la Iglesia –y a Italia— en un lío si decidía revelar los nombres que se esconden tras las cuentas cifradas del banco del Vaticano.
La operación de acoso y derribo contra el anterior presidente del IOR se saldó con su despido fulminante el pasado 24 mayo, al socaire de la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa, acusado de difundir los documentos secretos. Según la prensa italiana, Gotti Tedeschi culparía de su desgracia a una conspiración de la logia masónica Propaganda 4 o P4, de la que formaría parte Marco Simeon. Al ser preguntado por el asunto, el protegido del cardenal Bertone se limitó a decir: “No formo parte de la P4, pero la masonería es un elemento fundamental del poder en Italia”. También es dueño de una frase que resume muy bien el tablao sobre el que baila la historia en esta parte del Tíber: “ El secreto es poder y el Vaticano enseña que quien sabe no habla, y quien habla no sabe. Yo nunca digo demasiado”.
No deja de ser significativo que la operación del Papa por situar al frente del banco al barón Von Freyberg haya coincidido con la caída en desgracia del joven protegido de Bertone, descabalgado de la dirección de RAI Vaticano. Lo más llamativo de la venganza de Joseph Ratzinger —los fieles se harán cruces con la expresión, pero cómo llamarla si no— es que ha sido ejecutada en el tiempo de descuento y a la vista de todos. No es extraño que las palabras vayan por un lado y los hechos por otro, pero la operación por retomar el control del dinero de la Iglesia demasiado evidente. Aunque se haya presentado bajo un disfraz perfecto —o casi perfecto— de transparencia. Para sustituir a Gotti Tedeschi, el Vaticano contrató los servicios de una conocida agencia de cazatalentos, Spencer & Stuart, de Frankfurt. La primera selección fue de 40 candidatos, luego quedaron seis y finalmente, tres. Sobre estos tres pugnaron durante los últimos días las distintas familias vaticanas, e incluso durante la semana se dijo que el financiero belga Bernard De Corte —al parecer el candidato de Bertone— había sido el elegido. El viernes finalmente salió a la luz que no, que fue el agraciado había sido el barón Von Freyber.
Siempre habrá maliciosos que piensen que el hecho de que el barón sea alemán, como Benedicto XVI, o caballero de la poderosa Orden de Malta, fundada en 1048 y cuya sede está en Roma, haya podido jugar de forma determinante, por encima incluso de su reconocida solvencia profesional —es abogado y dirige unos astilleros que entre sus quehaceres fabrican fragatas de guerra para Alemania—, de su manejo de cuatro idiomas o de su dedicación a las obras de caridad. También habrá quien crea que el Papa, después de haber contemplado durante casi ocho años la impúdica conexión del Vaticano con los peores exponentes de la política italiana, haya querido evitar a toda costa que sea un hombre a las órdenes del cardenal Bertone el que maneje oscuramente los dineros de la Iglesia. Siempre habrá quien sospeche que Joseph Ratzinger, en su retirada, podría haber tenido un gesto más espiritual que empeñar su último aliento como Papa en recuperar las llaves del dinero.
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Benedicto XVI, la mafia y el Vaticano

Por Pablo Ordaz

Roma, Italia

Vencido por la edad y la salud, pero sobre todo por el Vaticano,Benedicto XVI volverá a ser Joseph Ratzinger. En una decisión histórica, cuyos precedentes hay que buscarlos siete siglos atrás, el Papa alemán anunció este lunes su renuncia al pontificado, que quedará vacante a partir del 28 de febrero. “Para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio”, dijo en latín, por sorpresa, durante una ceremonia de canonización en la Santa Sede, “es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Uno de los presentes, Angelo Sodano, decano del colegio cardenalicio, resumió en una frase la congoja que se abatió sobre Roma: “Santidad, amado y venerado sucesor de Pedro, su mensaje ha caído entre nosotros como un rayo en cielo sereno”. La expresión, queriendo ser hermosa, no se ajusta a la realidad. El papado de Benedicto XVI ha estado caracterizado por las luchas internas del Vaticano para contrarrestar sus intentos —no por tardíos menos tajantes— de limpiar la Iglesia de clérigos pederastas y banqueros corruptos. La filtración masiva de sus documentos privados es un ejemplo. Y otro, muy revelador, la manera de despedirse. Ratzinger, de 85 años, se marcha como vivió, solo. Decidió proteger su secreto hasta el último día, temiendo quizá que se lo robaran.

Hace un año, cuando las filtraciones de los documentos privados de Benedicto XVI sacaban a la luz un día sí y otro también las miserias de los hombres de Dios, alguien recordó que, en 2010, con motivo de una larga entrevista concedida al periodista alemán Peter Seewald para el libro La luz del mundo, Joseph Ratzinger advirtió: “Cuando un Papa alcanza la clara conciencia de que ya no es física, mental y espiritualmente capaz de llevar a cabo su encargo, entonces tiene en algunas circunstancias el derecho, y hasta el deber, de dimitir”. En el verano de 2012, con la detención de Paolo Gabriele, su mayordomo, acusado ser el autor material de la sustracción de la correspondencia papal, Benedicto XVI sufrió otro duro revés, que se venía a unir, en el intervalo de unas horas, al despido fulminante de Ettore Gotti Tedeschi, el presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR). Si Gabriele —el hasta entonces fiel Paoletto— era quien desde hacía seis años lo ayudaba a vestirse y a desvestirse, le servía el desayuno y lo acompañaba en sus desplazamientos, el banquero Tedeschi —eliminado sin derecho a réplica ni honor por altos miembros de la Curia— era la persona elegida personalmente por Ratzinger para intentar limpiar la banca del Vaticano. Aquel verano, Ratzinger se fue a Castel Gandolfo más solo de lo que jamás estuvo ningún Papa. El representante de Dios en la tierra era en realidad un hombre anciano y enfermo, “un pastor rodeado por lobos”, en expresión de L’Osservatore Romano.

La sala de prensa del Vaticano está a rebosar. El portavoz, el jesuita Federico Lombardi, contesta con paciencia, de buen grado, todas las preguntas de los corresponsales, y admite sin rubor: “Nos ha pillado a todos por sorpresa”. Las palabras de Papa han sido rotundas: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio”. Pero a nadie se le escapa que, además de la edad y de su delicado estado de salud —en 1991 sufrió un ictus, tiene problemas de hipertensión y artrosis en una rodilla—, una decisión tan trascendental tiene que estar influida por condicionantes más poderosos. Su incapacidad, por ejemplo, para inocular en el seno de la Iglesia la lucha sin cuartel contra la pederastia después de décadas protegiendo a los culpables y culpabilizando a las víctimas. Si bien durante el pontificado de Juan Pablo II, el cardenal Ratzinger —por entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio— fue uno de sus más cercanos colaboradores, tras ser elegido Papa imprimió un giró copernicano en la manera de abordar el problema. Quitó la protección al mexicano Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, aquel monstruo que robaba a manos llenas y abusaba incluso de sus propios hijos. Hace un año, además, Ratzinger organizó en Roma un simposio para que 110 conferencias episcopales de todo el mundo miraran a la cara a las víctimas de los abusos. El encuentro fue inaugurado por el testimonio de Marie Collins, una mujer irlandesa que padeció de niña –sola y enferma en un hospital—los abusos de un sacerdote. ¿Ha minado la fortaleza del Papa la oposición frontal de algunos prelados al acto de pública contrición de la Iglesia?

El padre Lombardi dice que no. Que aunque Benedicto XVI aceptó ante el periodista alemán la viabilidad de una renuncia, también dejó claro entonces que “un pastor nunca huye de los lobos y deja el rebaño solo”. Que si ha renunciado ahora es porque las aguas de la Iglesia están lo suficientemente tranquilas para permitir una transición en paz. Según Lombardi, el Papa hizo su anuncio ante los cardenales “con precisión y claridad”, imprimiendo al momento la solemnidad que requería, pero que no lo notó “triste ni deprimido”. En su breve alocución, Joseph Ratzinger dejó claramente fijado el momento de su adiós: “Con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice”. Luego, el todavía Benedicto XVI pidió perdón: “Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos”. Según su hermano Georg, también clérigo, Ratzinger tenía previsto dimitir desde hace meses, versión que también avala L’Osservatore Romano, que sitúa la decisión tras el viaje que giró el pasado mes de marzo a Cuba y México.

Tras su renuncia, Ratzinger se trasladará a la residencia de Castel Gandolfo —a 18 kilómetros al sureste de Roma— hasta que sea elegido su sucesor y se terminen las obras de rehabilitación de un convento de monjas en el interior de la Ciudad del Vaticano. Ahí es donde, según Lombardi, residirá el hasta ahora Papa dedicado al estudio, la oración y, tal vez, la escritura. El portavoz del Vaticano descartó la posibilidad de que Ratzinger pueda interferir en la labor del nuevo pontífice. El cónclave se celebrará a lo largo del mes de marzo, y son 110 los cardenales con posibilidad ser elegidos —el resto, hasta 209, tienen más de 80 años y por tanto no pueden aspirar ya a la silla de Pedro—. Y, aun en medio de la sorpresa, ya circulan las primeras quinielas, destinadas posiblemente a no cumplirse. Los que más suenan son el italiano Scola, el canadiense Ouellet y el austriaco Schoenborn.

Una de las cuestiones que más animará el debate durante los próximos días —después de la lógica sorpresa, Roma volvió a ser enseguida el mentidero ideal de intrigas y conspiraciones— es si al balcón de la plaza de San Pedro volverá a asomarse, bajo la fumata blanca, un papa italiano. De hecho, no son pocos los que atribuyen parte del motivo de la fuga de documentos —el llamado caso Vatileaks— a luchas muy italianas de poder con el objetivo de ganar terreno ante el próximo cónclave. La silla pontificia lleva siendo ocupada por un extranjero desde 1978. A un Papa polaco (Juan Pablo II, desde 1978 a 2005) lo sucedió el papa alemán y, a cada año que pasa, la muy católica Italia pierde poder, aunque todavía mantiene el predominio (30 purpurados) frente a estadounidenses (11) y alemanes (6).

“De la cruz no se baja”, dijo ayer el cardenal Stanislaw Dziwisz, actual arzobispo de Cracovia y antiguo secretario de Karol Wojtyla. Es tal vez —y por el momento—la crítica más clara a la renuncia de Benedicto XVI. De hecho, en el Vaticano no se descarta que la decisión de Ratzinger haya estado influida por la memoria de los últimos años de Juan Pablo II. “El papa, que se siente anciano y enfermo, ha querido evitar a toda costa la retransmisión en directo de su agonía, tal como sucedió con Wojtyla”, confía un diplomático vaticano. El papa polaco y el alemán no se parecen en nada. Tampoco en su final. Aquel murió en loor de multitud y de santidad, este se retira por la puerta de atrás, después de perdonar al mayordomo que lo traicionó y de elevar a la dignidad de obispo al único hombre que durante los últimos años permaneció fiel a su lado, monseñor George Gänswein. El famoso padre George fue para Benedicto XVI el pararrayos de todas las traiciones. Él, que protegió al Papa de las luchas de poder de la Curia, puede dar fe de que durante los últimos años el Vaticano no fue un cielo sereno. Ni siquiera un cielo.

Se trata de un auténtico ajuste de cuentas. Hace nueve meses —el 24 de mayo de 2012— fue el cardenal Bertone, de 78 años, quien se la jugó al Papa con la destitución del anterior presidente del IOR, el banquero Ettore Gotti Tedeschi. La caza de Gotti Tedeschi, amigo personal de Ratzinger, por parte de Bertone incluyó algunos episodios que reflejan muy bien la crueldad de las guerras vaticanas. El banquero, de 67 años, padre de cinco hijos, representante del Grupo Santander en Italia y miembro del Opus Dei, había llegado a la cumbre del IOR en septiembre de 2009 con el encargo de situar al banco en disposición de cumplir la normativa europea sobre blanqueo de capitales. Gotti Tedeschi se lo tomó tan en serio que empezó a colaborar con las autoridades italianas ante la sospecha de que el IOR seguía siendo una inmensa lavadora de dinero negro.

Fue su primer error. El segundo fue oponerse a los deseos de Bertone de utilizar el dinero vaticano para salvar de la quiebra el Hospital San Raffaele de Milán, fundado por el cura y médico Luigi Verzè, gran amigo de Silvio Berlusconi y de su turbia maquinaria de poder —el Vaticano apoya ahora a Mario Monti, pero durante el berlusconismo vivió años muy prósperos y felices—. El caso es que Gotti Tedeschi jugó con fuego y se quemó. La pira la preparó personalmente un misterioso personaje llamado Marco Simeon, de 33 años, dueño de una fulgurante carrera gracias a la protección, no menos misteriosa, del cardenal Tarcisio Bertone. Simeon ya aparece relacionado con negocios turbios en el informe —posteriormente filtrado entre los papales del escándaloVatileaks— que hace llegar monseñor Carlo María Viganò a Joseph Ratzinger advirtiéndole de la corrupción creciente que golpea al Vaticano. En aquella misiva, Viganò le pedía al Papa que lo mantuviese al frente del Governatorato —el departamento que se encarga de licitaciones y abastecimientos— para frenar las prácticas ilegales, pero Bertone decidió mandarlo a Estados Unidos y Ratzinger, que dicen que lloró con aquella decisión, no fue capaz de contradecir a su secretario de Estado. Ante la posibilidad de que Gotti Tedeschi abriera a los investigadores la caja fuerte del IOR —verdadero sanctasantórum de los secretos de Italia y el Vaticano—, Marco Simeon, que ya lucía como director de la RAI Vaticano, pidió a un psicólogo que redactara un informe sobre “el comportamiento extraño” del presidente del banco. El psicólogo ni siquiera habló con Gotti Tedeschi, solo lo observó de lejos en la Navidad de 2011, pero eso fue suficiente para hacer correr entre la Curia el bulo de que el banquero había perdido el oremus y que podía meter a la Iglesia –y a Italia— en un lío si decidía revelar los nombres que se esconden tras las cuentas cifradas del banco del Vaticano.

La operación de acoso y derribo contra el anterior presidente del IOR se saldó con su despido fulminante el pasado 24 mayo, al socaire de la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa, acusado de difundir los documentos secretos. Según la prensa italiana, Gotti Tedeschi culparía de su desgracia a una conspiración de la logia masónica Propaganda 4 o P4, de la que formaría parte Marco Simeon. Al ser preguntado por el asunto, el protegido del cardenal Bertone se limitó a decir: “No formo parte de la P4, pero la masonería es un elemento fundamental del poder en Italia”. También es dueño de una frase que resume muy bien el tablao sobre el que baila la historia en esta parte del Tíber: “ El secreto es poder y el Vaticano enseña que quien sabe no habla, y quien habla no sabe. Yo nunca digo demasiado”.

No deja de ser significativo que la operación del Papa por situar al frente del banco al barón Von Freyberg haya coincidido con la caída en desgracia del joven protegido de Bertone, descabalgado de la dirección de RAI Vaticano. Lo más llamativo de la venganza de Joseph Ratzinger —los fieles se harán cruces con la expresión, pero cómo llamarla si no— es que ha sido ejecutada en el tiempo de descuento y a la vista de todos. No es extraño que las palabras vayan por un lado y los hechos por otro, pero la operación por retomar el control del dinero de la Iglesia demasiado evidente. Aunque se haya presentado bajo un disfraz perfecto —o casi perfecto— de transparencia. Para sustituir a Gotti Tedeschi, el Vaticano contrató los servicios de una conocida agencia de cazatalentos, Spencer & Stuart, de Frankfurt. La primera selección fue de 40 candidatos, luego quedaron seis y finalmente, tres. Sobre estos tres pugnaron durante los últimos días las distintas familias vaticanas, e incluso durante la semana se dijo que el financiero belga Bernard De Corte —al parecer el candidato de Bertone— había sido el elegido. El viernes finalmente salió a la luz que no, que fue el agraciado había sido el barón Von Freyber.

Siempre habrá maliciosos que piensen que el hecho de que el barón sea alemán, como Benedicto XVI, o caballero de la poderosa Orden de Malta, fundada en 1048 y cuya sede está en Roma, haya podido jugar de forma determinante, por encima incluso de su reconocida solvencia profesional —es abogado y dirige unos astilleros que entre sus quehaceres fabrican fragatas de guerra para Alemania—, de su manejo de cuatro idiomas o de su dedicación a las obras de caridad. También habrá quien crea que el Papa, después de haber contemplado durante casi ocho años la impúdica conexión del Vaticano con los peores exponentes de la política italiana, haya querido evitar a toda costa que sea un hombre a las órdenes del cardenal Bertone el que maneje oscuramente los dineros de la Iglesia. Siempre habrá quien sospeche que Joseph Ratzinger, en su retirada, podría haber tenido un gesto más espiritual que empeñar su último aliento como Papa en recuperar las llaves del dinero.

Debajo de su llamativo uniforme con bandas azules y amarillas, el centenar de guardias suizos que protege al Papa —ninguno menor de 19 años ni mayor de 30— esconde una pistola semiautomática Sig-Sauer de doble acción y un adiestramiento muy severo en artes marciales. Debajo de su piadoso nombre, Instituto para las Obras de Religión, el banco del Vaticano esconde un tormentoso pasado de crímenes y conexiones con la Mafia y un presente no mucho más limpio de blanqueo de capitales. Debajo, en fin, de las bellas palabras que el secretario de Estado, monseñor Tarcisio Bertone, dirigió a Benedicto XVIdurante la celebración del Miércoles de Ceniza se esconde una vieja guerra de poder llevada hasta el límite mismo de la renuncia. El nombramiento in extremis del barón Ernst Von Freyberg, caballero de la poderosa Orden de Malta y constructor de buques de guerra, como nuevo presidente del banco del Vaticano supone sin lugar a dudas el capítulo final de esa guerra. En el sagrado reino de los símbolos y la diplomacia, resulta revelador que la última decisión de Ratzinger como Papa haya sido quitarle la llave del dinero a su fraternal enemigo Bertone.

Se trata de un auténtico ajuste de cuentas. Hace nueve meses —el 24 de mayo de 2011— fue el cardenal Bertone, de 78 años, quien se la jugó al Papa con la destitución del anterior presidente del IOR, el banquero Ettore Gotti Tedeschi. La caza de Gotti Tedeschi, amigo personal de Ratzinger, por parte de Bertone incluyó algunos episodios que reflejan muy bien la crueldad de las guerras vaticanas. El banquero, de 67 años, padre de cinco hijos, representante del Grupo Santander en Italia y miembro del Opus Dei, había llegado a la cumbre del IOR en septiembre de 2009 con el encargo de situar al banco en disposición de cumplir la normativa europea sobre blanqueo de capitales. Gotti Tedeschi se lo tomó tan en serio que empezó a colaborar con las autoridades italianas ante la sospecha de que el IOR seguía siendo una inmensa lavadora de dinero negro.

Fue su primer error. El segundo fue oponerse a los deseos de Bertone de utilizar el dinero vaticano para salvar de la quiebra el Hospital San Raffaele de Milán, fundado por el cura y médico Luigi Verzè, gran amigo de Silvio Berlusconi y de su turbia maquinaria de poder —el Vaticano apoya ahora a Mario Monti, pero durante el berlusconismo vivió años muy prósperos y felices—. El caso es que Gotti Tedeschi jugó con fuego y se quemó. La pira la preparó personalmente un misterioso personaje llamado Marco Simeon, de 33 años, dueño de una fulgurante carrera gracias a la protección, no menos misteriosa, del cardenal Tarcisio Bertone. Simeon ya aparece relacionado con negocios turbios en el informe —posteriormente filtrado entre los papales del escándaloVatileaks— que hace llegar monseñor Carlo María Viganò a Joseph Ratzinger advirtiéndole de la corrupción creciente que golpea al Vaticano. En aquella misiva, Viganò le pedía al Papa que lo mantuviese al frente del Governatorato —el departamento que se encarga de licitaciones y abastecimientos— para frenar las prácticas ilegales, pero Bertone decidió mandarlo a Estados Unidos y Ratzinger, que dicen que lloró con aquella decisión, no fue capaz de contradecir a su secretario de Estado. Ante la posibilidad de que Gotti Tedeschi abriera a los investigadores la caja fuerte del IOR —verdadero sanctasantórum de los secretos de Italia y el Vaticano—, Marco Simeon, que ya lucía como director de la RAI Vaticano, pidió a un psicólogo que redactara un informe sobre “el comportamiento extraño” del presidente del banco. El psicólogo ni siquiera habló con Gotti Tedeschi, solo lo observó de lejos en la Navidad de 2011, pero eso fue suficiente para hacer correr entre la Curia el bulo de que el banquero había perdido el oremus y que podía meter a la Iglesia –y a Italia— en un lío si decidía revelar los nombres que se esconden tras las cuentas cifradas del banco del Vaticano.

La operación de acoso y derribo contra el anterior presidente del IOR se saldó con su despido fulminante el pasado 24 mayo, al socaire de la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa, acusado de difundir los documentos secretos. Según la prensa italiana, Gotti Tedeschi culparía de su desgracia a una conspiración de la logia masónica Propaganda 4 o P4, de la que formaría parte Marco Simeon. Al ser preguntado por el asunto, el protegido del cardenal Bertone se limitó a decir: “No formo parte de la P4, pero la masonería es un elemento fundamental del poder en Italia”. También es dueño de una frase que resume muy bien el tablao sobre el que baila la historia en esta parte del Tíber: “ El secreto es poder y el Vaticano enseña que quien sabe no habla, y quien habla no sabe. Yo nunca digo demasiado”.

No deja de ser significativo que la operación del Papa por situar al frente del banco al barón Von Freyberg haya coincidido con la caída en desgracia del joven protegido de Bertone, descabalgado de la dirección de RAI Vaticano. Lo más llamativo de la venganza de Joseph Ratzinger —los fieles se harán cruces con la expresión, pero cómo llamarla si no— es que ha sido ejecutada en el tiempo de descuento y a la vista de todos. No es extraño que las palabras vayan por un lado y los hechos por otro, pero la operación por retomar el control del dinero de la Iglesia demasiado evidente. Aunque se haya presentado bajo un disfraz perfecto —o casi perfecto— de transparencia. Para sustituir a Gotti Tedeschi, el Vaticano contrató los servicios de una conocida agencia de cazatalentos, Spencer & Stuart, de Frankfurt. La primera selección fue de 40 candidatos, luego quedaron seis y finalmente, tres. Sobre estos tres pugnaron durante los últimos días las distintas familias vaticanas, e incluso durante la semana se dijo que el financiero belga Bernard De Corte —al parecer el candidato de Bertone— había sido el elegido. El viernes finalmente salió a la luz que no, que fue el agraciado había sido el barón Von Freyber.

Siempre habrá maliciosos que piensen que el hecho de que el barón sea alemán, como Benedicto XVI, o caballero de la poderosa Orden de Malta, fundada en 1048 y cuya sede está en Roma, haya podido jugar de forma determinante, por encima incluso de su reconocida solvencia profesional —es abogado y dirige unos astilleros que entre sus quehaceres fabrican fragatas de guerra para Alemania—, de su manejo de cuatro idiomas o de su dedicación a las obras de caridad. También habrá quien crea que el Papa, después de haber contemplado durante casi ocho años la impúdica conexión del Vaticano con los peores exponentes de la política italiana, haya querido evitar a toda costa que sea un hombre a las órdenes del cardenal Bertone el que maneje oscuramente los dineros de la Iglesia. Siempre habrá quien sospeche que Joseph Ratzinger, en su retirada, podría haber tenido un gesto más espiritual que empeñar su último aliento como Papa en recuperar las llaves del dinero.

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Torre Orbit el día que Usain Bolt inicia su participación en Londres
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Torre Orbit el día que Usain Bolt inicia su participación en Londres

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Miike Snow, the Downtown Records trio hailing from Sweden and New York are releasing their self-titled debut album today May 12th exclusively on iTunes. Miike Snow was chosen as one of 40 titles to be featured on Next Big Thing, iTunes’ selection of new artists that they think will have the most impact on music in the years to come. Their forthcoming release promises to win over fans of pop, electronic, and many genres in between with masterful songwriting and innovative production. Miike Snow will be available for a mere $6.99 exclusively on iTunes from May 12th through June 8th, with other digital retailers and the physical CD release to follow June 9th

“Animal” is one of those songs that will invade every waking thought.” – WIRED.COM

Fuente: SoundCloud / downtownmusic

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philnotfeel:


Se me antoja un jazz…
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Se me antoja un jazz…


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Fábula de policías y ladrones by Trino
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Fábula de policías y ladrones by Trino

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